Embarazo, parto y posparto·Ser múltiples

Desprendimiento de placenta: mi parto gemelar

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Aunque existe un 1% de probabilidades de pasar por un desprendimiento de placenta, el riesgo aumenta si tienes un embarazo múltiple. Había leído levemente sobre ello y, si bien no estaba preparada para un parto de riesgo tal, supe ver las señales que los médicos de urgencias no vieron, llevándome al quirófano un pelín tarde (aunque gracias a Dios a tiempo). Si estás embarazada de múltiples y no eres muy aprensiva, quizá te interese mi experiencia con el parto de Limón y Mandarina con el consiguiente sufrimiento fetal del primero.

Si bien fue uno de los motivos por los que quise abrir este blog, no es hasta casi nueve meses después que me veo con ganas de contarlo. No soy una persona miedosa, no temí por mi vida en ningún momento, pero hasta bien pasado el parto no comprendí que Limón podía haberse quedado en el camino y deseo que a ninguna mamá de múltiples le ocurra nada semejante.

Estudiando por internet antes de ser mamá de mellizos, aprendí que existían ciertos riesgos con un embarazo múltiple, a saber:

  • Parto prematuro: Me pasé los nueve meses pensando que pariría en cualquier momento. Me convencieron de que sería milagroso llegar a los ocho meses y eso hizo que el proceso se me hiciera ETERNO. Limón y Mandarina aguantaron hasta la semana 38 y yo deseaba que saliesen mucho antes, porque la barriga era desesperante. Me prohibieron viajar en el segundo trimestre, nada de  coche y prácticamente nada de nada, ni nadar, básicamente caminar era mi única opción física a razón de que no diera a luz de forma prematura. Caminaba 90 minutos diarios con aquella tripa y nada. Cuando entré en urgencias de parto, toda la sala me miraba con asombro.
  • Bajo peso al nacer: me bebí videos de incubadoras y niños diminutos. Contratamos una asistenta para ayudarme con los últimos meses y los primeros de su nacimiento y tuvo mi voto absoluto cuando me dijo que tenía un máster en prematuros porque uno de sus hijos lo había sido con 1,200 kg. En las tiendas miraba la ropa de prematuros pensando que los niños tendrían ese tamaño. Y estudié cómo dar pecho a niños en incubadora. Nada de eso pasó. Fuimos muy afortunados de traer al mundo un niño de 2.800 kg y una niña de 2.600 kg. Directamente a planta y a los tres días en casa.
  • Preeclampsia: esto es muy serio, pero también me libré.
  • Diabetes gestacional: esta sí me tocó. Sí y no porque los médicos no se ponían de acuerdo y donde uno veía unos números por encima, otros entendían que era a razón de la duplicidad hormonal del embarazo múltiple. Seguí el régimen estricto, no obstante. Con pesos estrictos. Yo me alimentaba bien (doy fe) y me costaba creer que fuera diabética. Fue una tortura de pinchazos (unos 6-7 diarios) que resultaron en niveles escandalosamente normales, incluso bajos, tras lo que me quitaron la dieta. Me desmayaba en las pruebas de glucosa. Vomité como un proyectil en la curva larga y tuvieron que repetírmela tumbada.
  • Cesárea: esto se da por hecho en un parto múltiple y me indignaba profundamente. Se puede parir a dos, aunque yo no tuve esa suerte debido a que me tocó el último de los riesgos:
  • Desprendimiento de placenta.

Tras tres días de contracciones que paraban sin llevarme a ningún lado más que a desesperarme, llegué a las 38 semanas un martes. Si el miércoles no había dado a luz, me darían fecha para inducirme el parto, cosa que temía porque mi deseo era tener un parto natural (con Fresa no pude y soy de esas raras mujeres que sueñan con un parto sin epidural y de pie tras caminar todo lo caminable). Ese martes tuve bien claro que el parto ya había comenzado. Las contracciones eran bastante continuadas y más duras -pero estuve al pie del cañón como tribunal externo de una tesis haciendo correcciones en casa mientras contaba contracciones, cosas de mujeres-.

A la tarde la cosa se puso más fea. Riendo para no perder la calma, le dije a mi marido que quizá deberíamos llevar a Fresa a dormir a casa de su amiga (fiesta de pijamas improvisada), porque yo tenía claro que de esa noche no pasaba. No obstante seguimos viendo la tele para ‘hacer hora’ y no llegar demasiado pronto al hospital. Pero estaba siendo jodido. En una de estas fui al baño y expulsé algo. Siento si hay alguien escrupuloso pero ni corta ni perezosa lo cogí para ver qué era: un coágulo muy oscuro con una ramificación en forma de cordel. Y ahí empecé a tener algo de miedo, los artículos de ‘desprendimiento de placenta’ que había leído y algunas fotos que pude ver, vinieron directamente a mi cabeza: esto que estás tocando es placenta, me dije, aunque mi marido para tranquilizarme aseguraba que bien podía ser el tapón mucoso, que lo hubiera vuelto a generar (lo había perdido hacía 15 días). Vale ok, pensemos en positivo.

El dolor era muy intenso y empecé a ‘proyectar’ sangre en chorros incontrolados. Sangre oscura. El pasillo, las escaleras, vale, tenemos que ir al hospital.

Una vez allí, una sala llena de gente contándome anécdotas de mellizos y mirándome cual mono de feria, yo con mi pantalón sangriento y sin atender, cada vez que iba al baño, expulsaba trozos oscuros y densos. Me atienden unos chicos jóvenes, les cuento mi caso y para ellos es absolutamente normal: mi sangrado no es más intenso que una regla, dicen (¿qué tipo de reglas tiene el mundo, Dios santo?) y si el parto no avanza me mandarán a casa (yo de aquí no me muevo, le dije a mi marido). Me hacen una exploración y una eco: aquí no se ve nada, no hay desprendimiento. Y de vuelta a la sala de espera.

Insisto, sigo sangrando, me llevan a monitores y allí me dejan sola 45 minutos. Con el intenso dolor, las contracciones y el movimiento de los niños, los monitores (tres correas cuando son mellizos) se salen constantemente. La máquina pita pero no viene nadie, yo torpemente los recoloco y grito para que venga alguien. Pero nada. Sudores y sangre por toda la camilla y a nadie le parece grave: debes tener unas paredes muy sensibles. 

Me mandan a dilatación ¡por fin con mi marido! a ver si el parto procede. Y la cara de mi marido viendo el seguimiento de contracciones era un auténtico poema. Tenía contracciones altísimas (por encima de 100 todas) cada dos minutos, que duraban dos minutos. Una semana después mi matrona me explicaría que tuvimos un ángel y que era indignante que no hubiera sabido leer esa señal: dos cada dos es sufrimiento fetal.

Por fin entraron a ver qué pasaba conmigo, insistían en que no estaba de parto pese a que yo notaba encajarse la cabeza de Limón a la perfección y vinieron a decirme que me harían cesárea porque NO SABÍAN por qué sangraba de esa manera, porque la niña estaba de nalgas y aunque pariera a uno, me abrirían para el siguiente y porque ¡por fin alguien se atrevió a decirlo! podría tratarse de un desprendimiento de placenta.

Todo lo que vino después fue rapidísimo: me desnudaron, me llevaron a quirófano, empecé a temblar, creía que de frío (aunque no lo creáis estaba tranquila porque ya tenía una cesárea y confiaba en el personal y además el dolor iba a parar en breve -aunque no tan en breve-), pero era porque empecé a convulsionar y a tener taquicardia. Leo muchas quejas sobre ser atadas durante la cesárea pero si a mí no me llegan a atar, me hubiera caído al suelo de cómo las convulsiones me levantaban de la camilla, no paraba de disculparme por moverme de aquella manera tan brutal. El sufrimiento fetal implica a la madre y al bebé y ambos estábamos pasándolo fatal.

El personal y el quirófano no estaba del todo preparado lo que hizo que acabaran poniéndose todos algo nerviosos, alguien entró y preguntó ¿qué le pasa? y a gritos le contestaron que estaba de parto. Así que o abrían ya o iban tarde para la cesárea ¡rápido, rápido! decían. Se fundió la lámpara que me iluminaba. Pero me hablaron tiernamente: Menos mal que hemos hecho cesárea, efectivamente la placenta estaba totalmente desprendida, pero tus niños están bien.

Y allí que vi al primero, a mi Limón, totalmente VERDE OSCURO. ¡Qué moreno me ha salido! pensaba yo. Resultó que al haber comenzado el parto y encontrarse él en el canal, placenta que caía, placenta que comía. Llegó totalmente debilitado a la habitación y tuvieron que hacerle dos lavados de estómago después de ver cómo expulsaba grandes balsas negras. Estuvo unos días tosiendo negro.

En planta el trato fue nefasto, las habitaciones (pasé por dos) del Virgen del Rocío tenían la calefacción estropeada y tenía que dormir con mantas y polar. Como solución indignante me animaban a traerme una estufa de casa: los bebés estornudaban, tiritaban y tosían a cada cambio de pañal. Unido a la cesárea, estaban las contracturas de toda la espalda a raíz de las convulsiones de quirófano y la epidural de urgencia que me pincharon en un vamos que nos vamos. Cuando me exploraban lloraba de dolor y no por la cicatriz ¡me dolía el cuerpo entero! La recuperación de la cesárea fue milagrosa porque anduve hasta la extenuación desde las primeras 24 horas (y hasta marearme porque no me dieron nada de comer en los primeros dos días) y, aunque no es la norma, tras mucho insistir conseguí que me dieran el alta al tercer día para poder irme a casa con Fresa y sus nuevos y milagrosamente vivos hermanitos.

En el parte de ingreso se lavaron las manos y en ningún momento escribieron que se trató de un desprendimiento de placenta, sino una ‘sospecha de desprendimiento‘ que conllevó al ingreso con lo que ni siquiera podíamos poner queja alguna. Muy triste.

Espero que mi testimonio pueda ayudar a más mamás para que sepan ver venir algunas señales y puedan alertar al personal médico si no saben verlo con claridad.

¿Alguna de vosotras ha pasado por un desprendimiento? Gracias por leer algo tan duro y personal.

 

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8 comentarios sobre “Desprendimiento de placenta: mi parto gemelar

  1. Me ha parecido un testimonio súper duro… Te refieres al hospital Virgen del Rocío de Sevilla, no? Yo también di a luz allí y, aunque iba con prejuicios, por suerte me trató un personal estupendo y no tuve ningún percance. Es indignante ver lo que te ocurrió y pensar en lo que podría haber pasado, que afortunadamente no llegó a ocurrir. Tuvo que ser durísimo, sobre todo con el pobre Limón. Ojalá esta experiencia sea una raya en el agua…

    1. Desde luego, una experiencia no es la norma diaria, al contrario que la mía, conozco muy buenas experiencias en el mismo hospital. ¡Pero me tocó la china! Y eso que me esperaba un segundo parto mejor que el primero… ¡ya te contaré, Irene! Un abrazo.

  2. Hola Bea, no había leído esta entrada 🙁
    Estoy poniéndome al día poco a poco de tu blog. Me encanta y conecto con muchos temas que tratas. Leerte para mí es relajante.
    En mi caso no tuve un parto gemelar, ni (de lejos) viví algo tan grave como tú. Todo “salió” bien pero me sentí mal tratada durante el parto (dos intentos de maniobra de Kristeller, por sorpresa, incluidos) y durante la estancia en el hospital. Mi marido también sufrió. Yo al principio lloraba cada vez que hablaba de ello o simplemente si lo recordaba. Pero cuando me sentí preparada, y fuerte, redacté una queja de 7 folios contra el hospital y contra el seguro médico. Por supuesto, no recibí ninguna respuesta satisfactoria, ni una disculpa, ni nada por el estilo. Pero creo que tenemos que contar estas cosas. No pueden quedarse en el ámbito privado, ser un tema tabú. De lo contrario, muchas mujeres seguirán sufriendo, muchos partos dejarán de ser la maravillosa experiencia que debieran ser, y muchos “profesionales” seguirán actuando sin escrúpulos, sin ninguna consecuencia. Estamos en el siglo XXI, caramba.
    Un abrazo, y gracias por compartir algo tan duro y tan íntimo. Eres una valiente.

    1. Gracias Paloma. Como dices, compartirlo es sanador, aunque nuestras reclamaciones no lleguen a nada. O sí… porque antes de parir leí experiencias difíciles que me ayudaron a echarle valor. Aún no he contado el parto de Fresa, pero justo antes de que ocurriera todo, leí en la web el mismo, idéntico e indignante caso que me tocaría vivir. Osea que sirve para ayudarnos entre nosotras. Al fin y al cabo ¿no es una de las razones por las que estamos aquí? Gracias por leer y sentir cerca los escritos. Te abrazo.

  3. Yo pasé por un desprendimiento de placenta hace menos de 4 semanas. Tengo 25 años y mi embarazo fue normal, de sólo una niña y di a luz cuando cumplía las 37 semanas. Me siento identificada en todo lo que cuentas. Pasé días con contracciones y cuando ya se puso la cosa peor fui al hospital. Rompí la bolsa y todo era sangre, no paraba de sangrar, las contracciones dolían tanto que pensaba que perdería el conocimiento. Pero al igual que tú, ellos decían que todo estaba bien. Cuando después de horas sufriendo me llevaron a dilatación, se dieron cuenta de que había abruptio de placenta y que había que hacer cesárea urgente. Yo no podía más, las taquicardias hacían que me moviese como la niña del exorcista. No paraba de sangrar y nadie me decía si todo saldría bien. Me pusieron una mascarilla en quirófano y no puedo contar más porque quedé dormida. Pasé 9 horas en reanimación y no puede conocer a mi niña hasta el día siguiente. Una auténtica pesadilla. A día de hoy lo recuerdo como algo espantoso, además aún es reciente.
    Gracias por contar tu experiencia. Supongo lo duro que fue también para ti.
    Gracias a Dios ahora tengo una niña preciosa y estamos las dos fenomenal.

    1. Se me han puesto los pelos de punta de leerte, Raquel. Supongo que los médicos no tienen suficientes casos así como para aprender a detectarlo a tiempo y sin sufrimiento. Es terrible porque otras mujeres pasarán idéntica experiencia y estarás conmigo en que eso no se le desea a nadie. Me apena lo de tu reanimación pero seguro que tu bebé te recibió como agua de mayo.
      Olvidarás lo malo porque lo bueno será mucho 😉 gracias por compartirme tu caso.

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