Embarazo, parto y posparto·Más que madres

Me siento gorda

me siento gorda
Obra de portada: Paula Rego

‘Me siento gorda’ es un lugar común en el vocabulario femenino. Sobre todo en el materno. Sobrecualificadas para educar a los niños en el amor, a las mujeres de hoy en día nos falta más de un semestre de cultivo de amor propio. El embarazo y el parto modifican el cuerpo femenino de la forma más brusca y permanente para muchas mujeres. Aceptar un cuerpo nuevo en una mente inmutable puede ser todo un reto.

Como sabes, este blog nació con la intención de motivar a las mamás. De mostrar una maternidad pacífica y sencilla, donde el desapego alivia dolores. Porque lo cierto es que entre tantas cosas como vivimos apegadas, el físico es una de nuestras pertenencias más fuertes (aunque en realidad solo sea un disfraz temporal).

La impermanencia

Apegadas como estamos a nuestra forma física (y a la pésima idea que tenemos de ella), se nos hace muy complejo abrazar la impermanencia. ¿Qué es esta palabra?

Es un término que declara que no existe la posibilidad de ser siempre lo mismo, en el mismo estado y calidad. Cambiamos de lugar, cambiamos de parecer y, cómo no, cambiamos físicamente. No existe una fotografía con la que poder decir ‘Esta soy yo‘. Simplemente puedes decir ‘Esta soy yo mientras me echaban esta foto‘. Y poco más. Hay algo en ti mucho más hermoso y constante. A esto sí que debemos hacer caso.

Mientras no comprendamos esta palabra, la impermanencia, vamos a pasarlo verdaderamente mal. Vamos a sufrir con cada arruga, con cada estría, con cada piel caída, punto, mancha y cicatriz. Vamos a sufrir con no poder volver atrás mientras pensemos que lo que queda atrás era lo bueno. Es como si llevaras un coche por una carretera y en el kilómetro diez empezaras a pensar en lo fluido que iba tu coche en el kilómetro siete. Pese a que estás subida en el mismo coche, es evidente que muchas cosas han cambiado en esa distancia recorrida. Pero estás conduciendo sin foco si piensas en otro espacio que no es el presente. Y puede que choques.

¿Para qué sirve un cuerpo humano?

Vemos las revistas de moda e inconscientemente pensamos: ‘Si tuviera ese cuerpo, yo también podría ser esa modelo de la revista’. Claro. Y si fueras un chico podrías mear de pie (cosa que no sé por qué a mi hija Fresa le encantaría). Si fuésemos otros, es evidente que podríamos hacer las cosas de otros. Pero pongo la mano en el fuego si te digo que no has venido a copiar la vida de nadie. A menudo desenfocamos la idea que tenemos de nosotros mismas al desear cuerpos ajenos, compararnos y ponerlos de modelo. ‘Ese cuerpo es mejor‘, pensamos. Pero ¿para qué sirve un cuerpo?

Las fotografías de moda, los fotogramas de película o los sketches de televisión son pura ficción. Es gente figurando, no haciendo lo que hace un cuerpo humano. El cuerpo es un transporte, un canal, una fábrica de acciones increíbles que no pueden detenerse en un Instagram.

Las funciones del cuerpo humano son insuperables y ninguna atiende a la estética. NINGUNA. No hay función física que merme porque seas gorda o fea, menuda tontería. Tienes un cuerpo perfecto que hace acciones perfectas: no te falta nada. Y después de dar a luz, te aseguro que tampoco te sobra.

El crimen de comparar

Creo firmemente que comparar es una de las acciones mentales que más daño emocional está causando. Sobre todo en la mujer. No solo estamos continuamente expuestas a la comparación, sino que la iniciamos nosotras y la ejercitamos constantemente en nuestra cabeza. Y es terrible porque cada vez que te comparas con otra mujer (famosa o no) ocurren dos cosas negativas:

  1. Juzgas y pones al mismo nivel de juicio a dos personas independientes sin tener en cuenta las peculiaridades de cada mujer. Eres única e irrepetible, por lo que no hay estándares comunes ni reglas de medir.
  2. Sea la comparación positiva o negativa (‘Yo estoy menos gorda que esa‘ o ‘esa está más flaca que yo‘), estamos polarizando: creando algo que está mal y algo que está bien. Culpando a una, tachando a una, negando a una. Y la ‘ganadora’ no sale mejor parada: Si te llamas ‘menos burra que’, sigues siendo burra.

La forma de una madre

No hace mucho descubrí una web asombrosa en inglés, ‘The Shape of a Mother’.Te la recomiendo y a la par te aviso de que lo que allí vas a encontrar es pura verdad. La web presenta testimonios de mujeres que han visto modificados sus cuerpos con la maternidad. Voces de mujeres que se odian y trabajan a diario por amarse. Lo que me pareció emocionante de la web no fue tanto las mujeres mostrando su cuerpo (hay fotografías muy específicas, abstenerse melindrosos) sino los comentarios de otras mamás diciendo lo increíbles y bellas que eran. Lamentablemente muchas resuelven con algo así: ¿Qué dices? ¡Eres una diosa! Te ves genial, ojalá yo me hubiera quedado como tú. ¡Y vuelta a comparar!

La creadora de este blog, Bonnie, invita a las mamás a contar su historia con su cuerpo y a ilustrarlo gráficamente con fotografías del mismo, desnudo o no. Ella no interviene ni retoca los textos de las mamás pero sí cuida con recelo los comentarios que reciben. Dicho esto no aprueba ningún comentario que no sea motivador, que sea ofensivo o insultante o que genere una diatriba sexual. Es un espacio para que las mujeres hagan por dominar el amor a sus cuerpos y para que otras mamás puedan ser la red que las haga auto afirmarse.

Las categorías más frecuentes en The Shape of a Mother son ‘Barriga’, ‘pechos’, ‘cesáreas’, ‘talla grande’, ‘posparto’, ‘embarazo’, ‘gemelos’ o ‘trillizos’. Si has sido mamá, seguro que has buscado con vergüenza alguno de estos términos en Google. Sea por el motivo que fuere.

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Fotografías extraídas de The Shape of a Mother

Me siento gorda… “¡Quiero mi cuerpo de vuelta!”

Esta fue una de las tristes frases de uno de los testimonios. A menudo las mujeres hablan de sus hijos como el motor que les hizo un cambio de mentalidad. Se saben mejores. Pero odian el envoltorio. Y mientras están ancladas al cuerpo que eran, sin poder asumir el cuerpo que son, siguen infelices. Pero ya sabes lo que siempre digo: tu cuerpo de antes no viene con los niños de ahora. El de ahora es un cuerpo rico.

Cuando nace tu hijo, es el ser más perfecto del universo. Con el tiempo miras fotos y piensas en lo feíto que nació. Sí, hay excepciones pero… no son espectaculares cuando nacen (Limón salió particularmente feo y de color verde oscuro después de comer placenta). Pero el amor cubre a este niño, sabemos que su estado es impermanente y lo que de verdad nos enamora es lo que ha traído a nuestro corazón, a nuestra familia. El envoltorio en el que llega es imperceptible a nuestros ojos porque estamos mirando otra cosa en él.

¿Y si aprendiéramos a querernos así? ¿Y si dejáremos de ‘sentirnos’ o ‘vernos’ gordas para vernos bellas e impermanentes?

Sí, sé que te propongo un trabajazo mental. Una tarea hercúlea. ¿Pero qué eres tú, si no una Mamá Valiente?

***

Si necesitas un empujón para volver a amar tu cuerpo, puedo acompañarte en el proceso de forma personalizada en el programa Eres Tierra Buena. Envíame tus dudas o consultas. No pierdes nada.

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*El post de hoy está ilustrado con obras de la genial artista Paula Rego, fuente de la que he bebido tardes y tardes.

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