Alimentación

Comer sin violencia (Por qué cambié mi alimentación)

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Aprende a comer sin dogmas, culpa, miedo o estrés

Más importante que comer completamente saludable, estar desintoxicados y llevar una dieta higienista y limpia, debiera ser poner nuestro foco en lo que yo llamo ‘comer sin violencia’. Damos un enorme poder a la comida en nuestra vida, seguramente porque prestamos demasiada atención a nuestro paquete físico. Y sin darnos cuenta podemos pasar de comer de todo a enfocarnos en una limpieza de la dieta brusca, sea con intención de adelgazar, de prevenir o curar enfermedades, de tener más energía o de evitar químicos, toxemia, plásticos o sufrimiento animal. Da igual el resorte que te haya hecho interesarte por una alimentación saludable si te enfrentas al plato, al supermercado o a los eventos con violencia.

¿Quieres saber cómo comer sin estrés, sin culpa y sin miedo?

Mi cambio de alimentación

Cuando di a luz a los mellizos Limón y Mandarina, comía exactamente igual que cuando di a luz a Fresa. Comía ‘de todo’. Esto es lo que se entiende por comer todo tipo de proteína variada y combinada (fundamentalmente animal), reducir los vegetales a una ensalada iceberg con tomate de la nevera (¡sácalos de ahí ya!) e incluir en el ‘de todo’ los congelados, los procesados, los ‘listo para el microondas’, los fritos, las harinas blancas y todo tipo de snacks. No cambié mi alimentación para perder peso, tan solo busqué en internet la frase: ‘no tengo energía y empecé a indagar en español e inglés. No tenía ni idea de lo que se me venía encima.

Aunque la energía era mi motivación primera, debía comprender por qué mi estómago era una feria después del parto y por qué cada digestión era un infierno. Cualquier cosa me sentaba mal, aquello no tenía sentido. Gases, hinchazón y una especie de ratón correteando por mi barriga todo el día. Sonidos y dolor.

Primeros pasos hacia una alimentación vegetal

Descubrí la teoría de la combinación de alimentos de Shelton, con tantos detractores como defensores. No estaba demostrado científicamente, pero tenía que probarlo. La idea era separar los grupos de alimentos para facilitar su digestión debido a las necesidades enzimáticas de cada alimento. Esto es: nada de proteínas con almidones, proteína con proteína o fruta con grasas. El verde va con todo y cuanto más verde, mejor. Obviamente tuve que aprender a cocinar y a hacerlo con los métodos de cocción menos dañinos para las propiedades de cada alimento. Llevé el microondas y la freidora al punto limpio y me hice amiga de la función varoma de la Thermomix.

No solo mejoró mi energía de forma sustancial, sino que mi estómago empezó a volver en sí. No obstante me resultaba difícil ser del todo purista con las combinaciones hasta que comprendí que la proteína animal era la que me daba más problemas de combinar, de digerir y de asimilar. Dejé de tomar leche de vaca (convencida de que también ayudaría con la lactancia materna y con la tensión continua de Limón). Dejé de tomar café. Dejé de tomar azúcar. Reduje la proteína animal y me enfoqué básicamente en los huevos. A final de año era casi vegetariana a excepción de alguna visita familiar.

Por alguna razón, sentía que mi energía solo había comenzado a dispararse. ¿Qué hay más allá de esto? Y volví a buscar y a leer. Conocí el crudiveganismo y no pude creerlo ¿de verdad hay gente que se alimenta solo de fruta y verdura cruda? ¿Es esto saludable y viable a largo plazo? Lo probé durante tres meses. Y fue absolutamente fascinante.

Crudivegana 100%

De repente dejé de cocinar y me empollé libros como la dieta 80/10/10 y otras biblias crudiveganas. Era tan absurdo como delicioso. Comí cantidades ingentes de fruta y me aseguré de estar bien nutrida con suplementación y apoyo nutricional especializado en crudiveganismo (¡Gracias, Lola!). Para estar saciada necesitaba platos más abundantes y mi dieta se basaba en monocomidas de fruta, ensaladas enormes, sopas y cremas crudas, dulces crudos, batidos y smothies. La grasa brillaba por su ausencia así que perdí demasiado peso sin pretenderlo, peso que me fue muy difícil recuperar.

Pero llegó el frío. Y de nuevo me encontré mal. El estómago no me respondía y no encontraba manera de calentarme. Mis niveles de energía volvieron a bajar y mi humor se convirtió en un péndulo constante. Era pura explosión, para bien o para mal. Demasiada energía sin enfoque.

Veganismo sin estrés

Comprendí que ningún extremo es sostenible a largo plazo y que nada es válido para todos. Ni válido siempre. Lo mismo que dinamitó mi energía estaba consumiéndola en el largo plazo. Sé que fue fundamental para limpiar mi cuerpo y fue increíble ver de frente todas mis emociones sin posibilidad de adormecerlas con harinas, procesados, exceso de sal o azúcar. No había forma de enmascarar nada con comida (y precisamente eso también lo hacía muy duro). Mi experiencia crudivegana debía terminar para encontrar un punto en mi alimentación más estable, más sereno y más compatible socialmente.

Mi estómago volvió a ser un disparate con la comida cocinada porque pretendí mantener las cantidades y saturaba mi digestión con super alimentos y ‘mucho de todo lo saludable’. Mi barriga dijo basta y también mi energía mental. A través de un acercamiento a la medicina oriental (macrobiótica, ayurveda… etc) y con la ayuda de una nutricionista terapéutica excelente, respiré, simplifiqué y encontré la energía constante y serena que tanto necesitaba.

De repente ser vegana era algo sencillo y natural. No solo era un compromiso de compasión con la tierra y los animales (esto era para mí motivo de sorna años atrás), sino que era la forma de alimentarme menos compleja de todas: no hacen falta productos traídos de lejos, no hace falta comer todo de todo, ningún alimento es imprescindible y cada persona necesita alimentos distintos según la temporada. Comer crudivegano con más fruta que verdura hizo que empezara a tolerar mal la fructosa y que mi cuerpo perdiera contacto con los alimentos cocinados, produciendo auténticas bombas digestivas.

Comer sin violencia

Con todo este viaje aprendí que no servía de nada alimentarme de forma saludable si de alguna manera comía con violencia. Existen diversas formas de generar violencia con la comida.

  • Cuando te niegas un alimento que deseas y lo experimentas desde la prohibición.
  • Cuando enfocas demasiado tiempo en diseñar lo que comerás, calculando nutrientes, suplementando carencias o equilibrando cantidades.
  • Cuando dogmatizas y te incluyes en un grupo ‘soy vegana estricta’, ‘soy crudivegana 100%’, ‘soy macrobiótica’, ‘soy vegetariana’… etc. Limitar tu experiencia a una condición alimenticia te hará perder ocasiones de aprendizaje, ocasiones de disfrute y placer social.
  • Cuando tu rigidez alimenticia te hace rechazar alimentos que te ofrecen desde el amor: una tarta en una ocasión especial, un plato típico de tu madre, el postre casero de unos amigos.
  • Cuando una elección fuera de tus ‘normas’ te hace sentir tan culpable que no mereció la pena la elección.
  • Cuando un alimento te produce miedo: ¿cómo me sentará? ¿cómo me encontraré mañana?
  • Cuando le damos mucho poder al deseo en lugar de la necesidad.

No existe alimento prohibido en esta vida. La medida y la personalización son claves para entender lo que debe llenar nuestros platos. Comer sin violencia supone dejar de dar importancia a la comida. O al menos dejar de darle más de la que precisa.

Creo haber aprendido algo muy valioso con los cambios de alimentación y la observación de mi energía y mi digestión: Algunos alimentos crean unión y otros distancia. Algunas elecciones generan amor y otras no.

crudiveganismo

Alimentos que generan unión

Bajo esta premisa me es muy fácil encarar mis decisiones alimenticias en los momentos más difíciles y cansados. La pregunta ante un alimento debe ser: ¿este alimento me va a generar unión o distancia? Esto está relacionado con mi energía física y con mi humor. Ya sé que ciertos alimentos me duermen, como el pan. Y otros alimentos me ponen de muy mal humor, como los fritos. Después de decir adiós al azúcar definitivamente, soy consciente de que me enferma (algo con azúcar me produce jaqueca instantánea y diarrea). Un exceso de fruta dulce me genera gases e indigestión. Con todo ello sé que puedo elegir comidas que me hagan estar más unida a los míos con unos niveles de energía constantes y una actitud calmada, o comidas que disparen mi humor hacia bajo y a partir de ahí empezaremos a distanciarnos. También genero distancia si ‘no puedo comer de nada‘ en una salida a la calle, en una visita o en un viaje.

De igual manera sé que hay elecciones desde el amor y otros que no lo son. Puedo elegir nutrirme y satisfacer el hambre cuando surja o puedo limitarme a engullir. Esto último no se parece a quererme. Tampoco es quererme rechazar una comida que mi emoción necesita en un momento dado. Ni es amor rechazar algo que se hizo desde el ofrecimiento sincero para mí, simplemente por seguir firme a una norma.

Tengo muy claro lo que quiero ser y desde dónde quiero elegir. No siento que haya nada prohibido para mí y me muevo por elección. Yo elijo lo mejor para mí y para los míos. Todo el camino fue un aprendizaje en el que aún sigo y en el que deseo que nadie sufra la agotadora experiencia de comer con violencia.

…….

Si toda mi historia resuena en ti, si hay violencia en tus elecciones y platos, te ofrezco la motivación para liberarte aquí.

 

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6 comentarios sobre “Comer sin violencia (Por qué cambié mi alimentación)

  1. Me ha encantado esta reflexión, nunca había visto esa forma violenta de alimentarme pero me has hecho pensar…

    Por otro lado… Sé que no tiene nada que ver pero tengo una duda, ¿qué pasa por dejar los tomates dentro de la nevera?

    1. Tiene todo que ver 🙂
      Dentro de la nevera pierden todo su sabor. Cuando la fruta y la verdura cruda fueron toda mi comida tuve que aprender el punto de maduración de cada fruta ¡Y como conservarla!
      Gracias por comentar

  2. Necesitaba este texto! Gracias!!!! Me falta todavía aprender cómo no elegir los alimentos que me hacen daño: alcohol, café o comer por las noches en grandes cantidades (incluso cosas sanas como datiles o frutos secos etc) a pesar de sentir que mi cuerpo no lo quiere, está saturado, inflamado etc… La famosa hambre emocional.. Dicen que con detectar lo que te pasa ya está el problema solucionado… A mi no me funciona. Cuando en mi mente nace una idea de tomarme o comer algo esto es como un despegue del avion en su punto sin retorno…. y ningún razonamiento interno funciona… Un abrazo y nos “vemos” en el treining crianza sin agobios!

    1. Te entiendo perfectamente. Los atracones de alimentos inclusive saludables son el mal de nuestros días. Ya no hay ninguna moda en la anorexia o la privación: lo común ahora es el sobreexceso de comida ‘healthy’. Y vamos superalimentados, supervitaminados, super saturados e inflamados. De hecho hasta nos excedemos con el agua bajo el mito de los 2 o 3 litros diarios. Y tienes razón, con detectar el problema no basta. Debe haber un compromiso y una enorme fuerza de voluntad para vencer a tu mente. Hay quien compara la mente con caballos de cuyas riendas tienes que tirar, o incluso un elefante obstinado.
      ¿Sabes? A veces pecamos a la noche porque estamos muy cansados y el cuerpo no sabe cómo enviarte a la cama. Comer en exceso es una forma de ‘sedarnos’ y, una vez agotados, sucumbimos a dormir. Pero si eliges alimentos que te activan como dátiles o frutos secos, ricos en calorías… no hay quien te duerma luego. La pescadilla que se muerde la cola.

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