Crianza

¿Puedes aceptar que tu hijo no sea extraordinario?

tu hijo

Nuestros hijos son bárbaros. Son inteligentes, despiertos, creativos y hermosos. Tal y como son los hijos del vecino para el vecino. Bajarnos de este burro es algo casi imposible y además es muy bello. Es incondicionalidad: todo cuanto veo en ti, es digno. ¿Pero qué pasa cuando comparamos y nuestro hijo no es tan especial como proyectamos? ¿Qué dice nuestro ego de esto?

Hay un amor muy fuerte en el desapego, tan fuerte como para amar a un desconocido, y también lo hay en la aceptación, tan fuerte como para amar el fallo y lo común. En una carta a su madre, el psicoterapeuta Bert Hellinger les agradecía a ella y a su padre el haber sido ‘tan comunes’. Tan comunes que cometiendo errores, faltas y daño, lo hicieran crecer. ¿Somos capaces de amar lo común? Este enfoque está libre de expectativas y bajo él acogemos y agradecemos lo que nuestro hijo tenga de extraordinario, pero lo amamos desde lo común. Puedo aceptar que mi hijo no tenga nada destacable.

Puedo aceptar que mi hijo no alcance mi idea de éxito. Puedo amarlo y ser feliz viendo quién es, sin angustiarme por quien no es.

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El efecto Pigmalión en negativo

Las expectativas hacia los hijos juegan un fuerte papel para su desarrollo a nivel positivo. Pueden ser potenciadoras para sus hábitos de trabajo o su autoconcepto. Pero también pueden ser una trampa si son desmedidas y las pronunciamos con demasiada insistencia. Si continuamente expresamos verbalmente a nuestro hijo lo que queremos que hagan o cómo queremos que sean, en lugar de potenciarlos, los condicionamos a ajustarse a nuestra visión (que no tiene por qué ser acertada). Existen estudios de personas muy dotadas que consiguieron un desarrollo profesional brillante que informan de las altas expectativas de los padres hacia ellos. Lejos de parecer una contradicción, esto nos enseña la diferencia entre proyecciones egoístas y proyecciones altruistas. Quiero animarte a disipar las primeras y dejar atrás todas aquellas rigideces que nos detienen en el camino de amar. Pero no pretendo anular las segundas. Las proyecciones altruistas son los deseos de bien para la otra persona e implican una severa libertad. Cuando deseamos el éxito, anulamos la influencia: deseamos de corazón que la otra persona se eleve sobre nuestra situación. Somos generosos con nuestro deseo y lo liberamos de toda herencia.

No sería deseable eliminar este tipo de proyecciones altruistas o buenos deseos sobre nuestros hijos. Esto es lo que el psicólogo Terrasier denominara ‘Efecto Pigmalión negativo’, es decir, influir negativamente bajo la no exigencia: como no se espera nada de mí, no fructifico. Esto daría lugar a niños que ignoraran o renunciaran a su capacidad y sus potenciales. Luego no se trata de esperar un comportamiento mediocre por parte de nuestros hijos, sino de valorar como extraordinario lo que son, aunque no se ajuste a nuestro concepto de excepcionalidad. Bajo esta apreciación y amor por lo que son y hacen, los niños desarrollan su potencial al nivel que les esté dado. Se sienten apreciados y viven felices. Ellos y nosotros.

Crianza libre de expectativas con tu hijo

Una crianza libre de expectativas puede aceptar a un hijo que no come cuanto o como quisiéramos. A un niño que apenas duerme. No solo aceptarlo, sino generar felicidad desde esta aceptación. Y entonces surgen padres que no fuerzan a sus hijos a comer en situaciones de tensión aprendidas, padres que no imponen su estética o su firme protocolo. Un padre libre de expectativas puede amar a un hijo enfermo sin sensación de frustración, ira o fracaso. El amor, al fin y al cabo, es la respuesta de esta vida libre de expectativas.

¿Y cómo evitamos reducir las expectativas con los hijos? Creando distancia. Distancia entre nuestra idea preconcebida de lo que es un hijo y cómo debe ser el mío y lo que el hijo realmente es. Escuchando lo que son y desean, conversando sin juicio ni imposición personal. Sin ‘deberías’, sin ‘si yo fuera tú’ o ‘lo mejor para ti es’. No te culpes por tener una idea fabricada de cómo debía ser tu hijo o cómo deseas que sea. Perdona esa parte de ti que proyecta al futuro y devuélvete a la apreciación del presente, donde tu hijo es hoy, hace hoy, ama hoy. Comparar no es amar. No lo es comparar con otros y tampoco lo es comparar con nuestros conceptos e ideas. Lo que está en tu mente es figurado y tu hijo es real, pertenece a una realidad que clama amor incondicional, por muy desajustado y lejos de tus expectativas que se comporte.

 

*Este texto forma parte del próximo libro de Mamá Valiente, que será totalmente gratuito y que estará disponible este año: ‘Menos expectativas, más felicidad’. Únete a la lista de suscriptores si deseas estar al tanto y descargarlo cuando esté disponible.

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