Crianza

Tener paciencia con tu hijo

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Tener paciencia cuando eres padre es una de las claves para disfrutar la paternidad. En estados alterados frecuentes, es fácil caer en la desilusión y ver una carga en los niños. Así que tu concepción positiva o negativa de la paternidad, se verá muy influenciada por tu paciencia. ¿Te consideras una madre o padre paciente? ¿O por el contrario pierdes la razón con tu hijo más que con ninguna otra persona?

La conexión tan orgánica con un hijo puede hacerte mostrar cosas que tú mismo desconocías o reprimías. ¿Has escuchado alguna vez aquello de ‘Un hijo saca lo peor de ti’? Prefiero la versión en positivo por la que un hijo saca aspectos que no creerías: una fortaleza desconocida, un tesón admirable, persistencia, perspicacia, compasión, generosidad… y amor. De este, mucho. Yo pensaba que era una persona poco afectiva. Hasta que tuve hijos.

¿Cómo saber que vas a perder la paciencia?

Existen indicativos que te pueden alertar para tomar las riendas de la situación. Son los siguientes:

  • Tu respiración se descontrola. Se acelera, se descompasa, se intensifica quizá. Perdemos todo control sobre nuestra respiración y comenzamos a hiperventilar. Recuerda que la respiración tiene un impacto enorme en nuestros estados de ánimo. A través de ella y de su práctica, puedes de hecho modelar tu estado anímico. Es muy común que mantengas la respiración en situaciones de mucho estrés dejando de respirar por unos segundos.
  • Comienzas a entrelazar tareas. Actúas con movimientos rápidos y torpes. Esa sensación de que ‘todo te sale mal cuando estás mal’ es suficiente motivo como para detenerse. En lugar de enfrentar nuestras emociones o iniciar una comunicación positiva, nos convertimos en ‘hacedores de tareas’. Una mente ocupada todo el tiempo no solo produce estrés, sino que es un indicativo de una vida tensa. No te pasará nada por frenar. No pasará nada por declarar lo siguiente: No haré nada más esta tarde. 
  • Te molestan cosas que no suelen hacerlo. De repente, hasta la más mínima broma o repetición de tu hijo te hacen sentir alterado. Una canción que se repite, un juguete en medio del pasillo, una mancha en la camiseta antes de salir a la calle… Aunque no sean acciones a propósito por parte del niño, las empiezas a observar como ataques contra tu calma. Es hora de detenerte.
  • Ritmo cardíaco acelerado, musculatura tensa. Por lo general, antes de perder la paciencia, también el cuerpo nos alerta con posturas poco higiénicas y cómodas. Vamos replegándonos, encorvando la espalda o tensando el cuello y los brazos.
  • Usas etiquetas. Empiezas a hablar de tu hijo en términos como ‘agotador’, ‘intenso’, ‘charlatán’, ‘nervioso‘… etc. Aunque adores a tu hijo y detestes etiquetar a un niño, en momentos de estrés, tu boca empezará a usar esos términos que te disgustan. Y aunque no lo expreses verbalmente, puede que tu cabeza haya empezado a insultarle (eres humano).

¿Cómo evitar perder la paciencia?

Si has llegado a ese punto de estrés y te sientes al borde de la explosión, existen formas de evitarlo.

Estallar con tu hijo puede parecer atractivo en un momento de inconsciencia: ellos no son rencorosos y no estás expuesto al público en casa. Pero cada palabra de tu vida hacia él, construye su vida. Cada gesto que le dediques (o del que le prives), hace huella.

Estas son algunas ideas para evitar perder los estribos:

  • Elige tus batallas. Recuerda el título de mi libro ‘Ni todo tú ni todo hoy’. Lo titulé así porque es un mantra que resuelve infinidad de situaciones vitales. Una de ellas son estos momentos de pérdida de paciencia. Recuerda pues que no todo tiene que estar perfecto. Y que no todo depende de ti. Eres prescindible. Aún siendo el único progenitor de tu hijo, no todo eres tú en su vida. No intentes intervenir o controlarlo todo: déjalo elegir su ropa, pregúntale cómo quiere pasar la tarde o el fin de semana. Escúchalo, porque no todas nuestras recetas ‘educativas’ son adecuadas. No todas le harán feliz. ¿Y de qué se trata si no educar a un niño?
  • Reduce tus expectativas. En primer lugar, tus expectativas hacia el niño. Borra de tu mente el niño que habías imaginado tener y acepta y ama al que tienes en tus brazos. Reduce también las expectativas del entorno: no necesitas la casa soñada, material de estimulación fascinante o parajes verdes para educar a tu hijo en la vida. Por supuesto, reduce las expectativas sobre ti mismo. Sé realista y compasivo contigo: lo haces bien, lo haces poco a poco.
  • Tu hijo no es tu enemigo. Oblígate a observar el lado positivo de cada uno de sus comportamientos. Y algo aún más importante: deja de creer en la transferencia de pensamiento. Tu hijo no ‘te pone nerviosa’ o ‘te saca de quicio‘. Eres tú quien permite ese estado de ánimo en ti.
  • Respira y toma espacio. Ya hemos visto cómo cambia nuestra respiración. Aprende a manejarla con la práctica de la atención plena o de los pranayamas. En este artículo puedes aprender diversas formas de respirar llevando el aire al estómago o el resto del cuerpo. No sabrás el efecto de la respiración en ti hasta que lo pruebes varias veces al día. Procura un entorno seguro para tu hijo de forma que, si lo precisas, puedas abandonar la habitación sin restarle seguridad. Procúrate micromeditaciones a lo largo del día. En lo personal, creo que menos de dos meditaciones al día es ser muy atrevido con tu salud si eres padre.
  • Autoescucha. Es frecuente que el estado de inquietud de tu hijo que te ha hecho perder la calma esté provocado por ti. Los niños son grandes consumidores de emociones. Engullen tus prisas, tus miedos, tu presión laboral, tu rabia. En situaciones de estrés o de incomunicación con tu hijo, pregúntate: ¿Cómo me encuentro yo? ¿Está verdaderamente justificado mi estado de ánimo? ¿Es mi hijo el causante o estoy volcando en él de forma injusta otras emociones externas?
  • Menos cosas a un tiempo más pausado. Si notas que últimamente tu casa es un foco de gritos y peleas, estará bien optar por reducir la agenda familiar. Menos actividades y menos prisas os darán tiempo y espacio para controlar ciertas cosas. Por ejemplo, la forma en la que os habláis los unos a los otros (la pareja incluida). Las actividades que realmente os gustan y las que no. Cabe aquí cuestionar las extraescolares del niño: ¿Disfruta realmente de esas horas? ¿Supone una carga excesiva para los padres el desplazamiento o un bloqueo en la agenda diaria? Personaliza vuestra vida: que lo hagan los demás no quiere decir que sea bueno para vosotros.

¿Qué hacer cuando ya hemos perdido la paciencia y los estribos?

  1. Pide perdón. No hay ser más compasivo y magnánimo que un niño. Tienen, de forma natural, la capacidad de absolverte. Ponte a su altura física y discúlpate: Perdona, no debí hablarte de esa manera. Siento haberte asustado. No es necesario que prometas que no volverá a ocurrir pero es interesante que le expreses cómo estás intentando controlarlo. De esta forma los niños ven que no todo comportamiento está justificado y que podemos tomar acción en nuestro estado de ánimo. Que estés enfadado no justifica una explosión. Muéstrale a tu hijo que existen formas de mantener la paciencia y exprésale tu interés en llevarlas a cabo.
  2. Da amor. El niño perdona ipso facto. Desafortunadamente para ellos, puedes gritarles y abrazarlos después. No abuses de su capacidad de amar. Atesóralo y devuelve la medida con la que él te ama.
  3. Comunícate, crea lazos, llama. No estás solo en la crianza de tu hijo. Llama a quien precises (aunque sea al vecino). Sal activamente de tu estado de negatividad, busca el aire de la calle (con el propio niño). No tienes que cargar con todas las emociones. Expresa lo que sientes de la forma más amable que conozcas y pídele un descanso a tu pareja con tu hijo. Deja de pensar que es todo para ti, que estás agotado de tanto trabajo.

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Además de esto, Marta de Pequefelicidad tiene un artículo muy interesante sobre el tema que seguro que disfrutas aquí.

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