Crianza

10 cosas que no debes decir a tus hijos

cosas que no debes decir

En este artículo encontrarás una relación de cosas que no debes decir a tus hijos si buscas una relación real y profunda con ellos. En el intento de tener una buena relación con los niños y hacerlos responsables de sus conductas, utilizamos frases muy inapropiadas. Una cosa es disciplinar (instruir) y otra ‘dar disciplinazos’, que no son solo físicos sino verbales. Las frases que ponemos hoy en evaluación son frases que hemos oído desde pequeños, de forma que las hemos integrado. Mas que se nos hayan hecho conocidas (o incluso habituales), no las valida.

Tú tienes la ocasión de modificar aquello que no te fue útil y mejorar como padre. Tienes la responsabilidad de hacerlo mejor y evitar estar frases podría ser un buen camino de inicio.

“Eres malo”

En lengua española, tenemos bien diferenciados los verbos ser y estar, y como sabes, ‘ser malo’ no habla de un estado temporal, sino de una condición más o menos perpetua. Cuando decimos que el niño es malo, señalamos que esa es su ‘forma’ de ser, su manera de estar en el mundo. Pero sabes que tu hijo no es intrínsecamente malo, sino que quizá haya tenido una actuación desafortunada (o ni siquiera eso, tan solo incómoda para ti).

Esta etiqueta le dice al niño cómo es y la información que nosotros le damos sobre él es clave para la formación de su autoconcepto. Estás forjando su autoestima con las frases que le dices desde pequeño. En situaciones en que estés irritado, intenta cambiar la frase ‘Eres malo’ por ‘Eso que has hecho está mal’. De manera que el niño comprenda qué acciones son reprobables: porque él nunca será reprobable.

“Cómetelo todo. Si no te lo comes….”

Los estudios médicos hace tiempo que señalaron que el acto de comer sin tener una necesidad o hambre real, incide en el funcionamiento de las hormonas leptina y grelina. Este ha sido uno de los orígenes del incremento de la obesidad infantil. Si anulamos la capacidad del niño de sentirse saciado o hambriento, tendremos a un niño que coma por comer, porque toca, por aburrimiento o por hedonismo. Distinto es que nuestro hijo tenga problemas de salud asociados, pero no es el caso más común.

Lo más habitual es que hayamos creído que comérselo todo está asociado con ‘lo correcto’ y esto deja de lado las variables cantidad de comida adecuada, hora de la comida, estado emocional y de salud del niño, estímulos del entorno… etc. Lo saludable es nutrir al niño, no ‘rellenarlo’. Condicionar que el niño coma o deje de hacerlo con premios y castigos nos lleva al siglo pasado, y mucho se ha avanzado desde entonces.

El niño no debería asociar la comida ni con refuerzos ni con presiones porque alimentarse es algo con lo que pueden disfrutar mucho además de explorar y compartir momentos con la familia. Si no quiere comer más no es tu culpa, ni eres mal cocinero, ni el niño no te quiere. Hablé sobre esto más extensamente aquí. El momento de la comida no está hecho para hablar SOBRE la comida sino alrededor de ella. En lugar de ver las comidas como centro de tensión, aprendamos a relativizar y a dar a nuestros hijos nutrición de calidad por encima de la cantidad.

Por cierto que el postre no es una necesidad. En mi casa no se come casi nunca y ni mucho menos es un objeto de intercambio para una buena actitud.

“Tú no sabes, déjame a mí”

Hay una línea muy fina (y que nos saltamos a la torera) entre nuestro deseo de que los niños sean autónomos y nuestra tendencia adultocentrista a que hagan las cosas ‘como nosotros queremos’. Cederle el poder de experimentación a ellos, cederle ese derecho al ensayo y error, nos pica mucho como padres. Es inevitable que queramos intervenir, dirigir o directamente hacer nosotros la actividad en que está ocupado el niño.

Así que le pedimos que barra pero acabamos quitándole el cepillo. Le decimos que se vista pero nos irritamos cuando la camiseta está del revés. Una de las razones por las que los padres se lamentan de que ‘tiene que hacérselo todo a su hijo’ es el uso de esta frase, el ‘Tú no sabes’. Nadie aprende por ciencia infusa y por supuesto nadie aprende sin práctica y por eso el examen de conducir tiene dos partes. Si el niño no corre peligro, prueba a no intervenir y después, ayúdale a mejorar en aquello en lo que se empeña.

Un libro que habla sobre esto: ‘Enséñame a hacerlo sin tu ayuda’ de Pitamic.

“¿Por qué haces eso? ¿Es que no me quieres?”

Se nos olvida a menudo que los adultos somos nosotros, no ellos. Se nos olvida que tenemos unas nociones básicas sobre la motivación y las emociones. De hecho, no se nos olvida, porque tú sabes a menudo por qué ha ‘hecho eso’ y también sabes que sí que te quiere. Pero las razones para los actos más incómodos de los niños, son profundamente incómodas para los adultos: falta de atención y tiempo, mayor necesidad de afecto, nulo respeto por los tiempos del niño o negación de su derecho a tomar parte y tener decisiones. No debemos relacionar la acción del niño con el sentimiento de amor. Porque los niños no hacen cosas para subir o bajar la cantidad de amor por ti. Hacen cosas porque están en el mundo. Y prueban, y se equivocan, y se aventuran.

Recuerda que nadie tiene un mal comportamiento cuando se siente bien.

“Si no haces esto, no te compraré eso que quieres”

Meter las compras de por medio es muy de nuestro momento social. En parte porque nos aprovechamos de que el niño siempre tiene deseos pendientes. Los comerciales dirigidos al público infantil son cada vez más potentes y las comparaciones son constantes. Siempre habrá algo que tu hijo quiera tener. Pero no por ello podemos utilizarlo como intercambio. Esto es condicionar el comportamiento del niño hacia las cosas y ¿qué ocurrirá cuando tenga esa cosa? Seguramente la actitud que querías evitar vuelva a aparecer y en su inteligencia, el niño te proponga cambiarla por una nueva cosa.

Esto no va únicamente de no educar en el consumismo. Va de educar con sentido común. De mostrar al niño las consecuencias reales de los actos buenos y malos que cometemos. Va de comunicarse con el niño y de contarle qué te duele ver y qué cosas te reconfortan de sus acciones. Va de que el niño integre un acto porque tiene sentido para él, no porque le dan regalos. Y para que una conducta tenga sentido, tenemos que sentarnos y hablarlo. Seguramente muchas veces. Y no es cómodo. Pero es gratis y será un regalo para su vida futura.

“Mira qué nerviosa me pones, mira lo que haces conmigo”

El comportamiento del niño no es la causa de tu malestar. El niño no es el que ‘te pone nervioso’, sino el interruptor que te recuerda que tienes una necesidad desatendida. A veces es algo muy básico como que aún no has comido o que dormiste poco. Otras es algo más escondido, como que no te sientes valorado o que te aburres someramente. Cuando tus necesidades están cubiertas, el niño bien puede gritar que tirarse al suelo, que tus nervios no van a dominarte.

El comportamiento de los niños es una suerte para los padres implicados, porque les pone en contacto con todo aquello de ellos mismos que necesita ser atendido. No tengas miedo de expresarle a tu hijo tu estado, en lugar de cargarle la culpa: ‘Estoy muy cansada y no quiero discutir ahora, lo recogeremos más tarde y veremos qué ha pasado’.

“Con lo que yo he hecho por ti y ahora tú…”

Deseo de corazón que todo lo que haces lo hagas sin expectativas de futuro. Que lo hagas porque tienes la voluntad de hacerlo. Y no a la espera de una devolución. Mucho menos con los hijos. En mi libro ‘Menos expectativas más felicidad’ tengo un apartado específico para hablar de las expectativas hacia los hijos. Se titula de hecho ‘No esperes nada de tus hijos’. Y no es un libro ni mucho menos derrotista, sino enfocado a eliminar el sufrimiento que nos supone hacer las cosas sin la actitud correcta desde el principio.

Los hijos no se traen al mundo para sentirte realizado, feliz o para contraer tu deuda con tus propias expectativas: tu hijo de mayor no va a ser tú. Y no merece hacerse responsable de las expectativas que has lanzado sobre él. Eso es responsabilidad tuya y no le pertenece.

“Pues ya no te quiero”

Con esta frase le decimos al niño que el amor es algo que se activa y desactiva. Le enseñamos por tanto que es algo frágil que depende de pequeñas decisiones diarias y ¡que tiene que estar atento a no cabrearnos!… Esto genera una gran inseguridad en el niño que aún no ha tenido ocasión de conocer más amor que el suyo por sí mismo y el que tiene hacia sus padres. De hecho, es la débil y líquida imagen del amor que muchos jóvenes han construido en la actualidad, creyendo que ‘el amor se apaga’ y que las relaciones se pueden evaporar con un pequeño gesto molesto.

Con esta frase le damos a entender al niño que está puesto a prueba a diario. Imagina en tus propias carnes cómo es vivir esto. Si tu pareja te dirigiera esta frase con crudeza cuando rompes una copa de vino o cuando no te apetece tener sexo.

Es terrible, por favor, evítala.

“Yo no hablo con personas que no me hacen caso (o que lloran)”

El amor, el de verdad, es incondicional. No lo modifican los actos ni las emociones. Que tú estés triste, enfadado o nervioso no puede hacer que te quiera menos de ninguna de las maneras. Yo te voy a aceptar siempre, hagas lo que hagas. Cuando lloras, eres aceptado. Cuando gritas eres aceptado. Porque mi amor por el niño implica su total aceptación. Y la sensación de sentirse aceptado es algo tan valioso que jamás podrá ser olvidado. Y forjará todos sus actos futuros.

El niño es libre de elegir y tomar opciones. Nosotros estamos capacitados para hablarle de todas esas opciones y de lo que implican. Pero no siempre querrán hacer lo que le sugiramos. Ni siempre reaccionarán como esperamos. De nuevo las expectativas.

Te recomiendo uno de mis libros favoritos, ‘Crianza Incondicional’ de Alfie Kohn.

“¿A quien quieres más?”

Sí, esta guinda es bien conocida. Y aunque todos sabemos que está mal preguntarlo ¡lo soltamos! Mi hija pequeña ha aprendido tan bien la lección del efecto que genera la respuesta que cuando le preguntamos si prefería a su seño sustituta o a la principal, nos contestó: ‘A las dos las quiero igual’. Y listo el estándar de respuesta.

Cuando el amor es fuerte, no hay gradación. El amor es un sentimiento mucho más sublime que una escala de niveles. No solo esto, sino que el amor recíproco e incondicional del que venimos hablando, no pide ser correspondido ni comparado. Hemos dicho que lo queremos haga lo que haga. Esto implicaría la no correspondencia: Te quiero aunque tú me digas que no me quieres. Así que, si estamos apostando por esta incondicionalidad, no tiene sentido querer que nos diga un ‘yo también’. Y mucho menos esperar un ‘a ti más’.

En casa tomamos la decisión, primero mi marido y yo y luego en la familia, de no decir ‘yo también’ si nos decíamos ‘te quiero’. Porque no tenemos nada que devolver. Contestamos con otro ‘te quiero’ y nos olvidamos de justificar lo recíproco que es.

 

Me gustaría escuchar qué otras frases se te vienen a la mente, cuáles te empeñas en evitar o qué intentas olvidar de tu infancia. Soy toda ojos.

 

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6 comentarios sobre “10 cosas que no debes decir a tus hijos

  1. Hola! Gracias, muy interesante. Una duda: no entiendo muy bien la frase incorrecta «Yo no hablo con personas que no me hacen caso». Está claro que quiero siempre a mi hija, haga lo que haga, pero si le pregunto algo para lo que necesito respuesta y no contesta (y además lo hace habitualmente), ¿cuál sería la reacción que consideras adecuada? ¡Gracias!

    1. Hola Paula, el niño no desoye porque sí. Al igual que un adulto. Es bueno que nos planteemos brevemente qué ocurre: si el niño está tan colapsado que debemos ponernos delante y a su altura para hablarle, si al niño le hemos dicho tantas veces ‘no’ que ya no tiene filtro para otra más, si estamos hablando tanto que nuestro mensaje ha dejado de ser claro… para los niños, los adultos somos fascinantes, no hacen oídos sordos sin más. Otro asunto son los problemas de oído o de concentración.

    1. Y es verdad, Paula. Tanto para adultos como para niños, deberíamos ser claros y hablar sobre qué emociones provocan con esa actuación. Igual que al salir de una conferencia es mejor decirle al conferenciante que te gustó esa parte en que pudiste recordar tu segundo año en el colegio y ser concreto en lugar de decirle ‘¡muy bien!’, es bueno decirle a los niños qué nos parecerá mal y qué bien: cuando haces eso, temo que puedas ponernos en peligro, por ejemplo.

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